Jorge Lomar

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La mente dual PDF Imprimir E-Mail

Extracto del libro "La Inteligencia del Amor" [Jorge Lomar]

Nuestra mente se encuentra gravemente polarizada, estamos constantemente analizando, clasificando y etiquetando todos los objetos de nuestra experiencia. El juicio es la experiencia mental más habitual.

En las culturas ancestrales en las que la mente no está tan arraigada en la superstición del materialismo y el ego, el saludo se relaciona con el reconocimiento del Ser en la otra persona. En cierta parte de África, las personas cuando se encuentran dicen “Sawobona”, que significa “Te veo”. No es un evidente “veo tu cuerpo”, lo cual no haría falta anunciar, sino que significa “veo al ser esencial en ti”. Las personas, cuando se ven, antes de nada, reconocen el ser esencial del otro, lo trascendente de cada ser humano más allá de las apariencias y formas que actualmente represente.
En la India, cuando dos personas se encuentran suelen decir Namaste, que significa “el dios que habita en mi reconoce y honra al dios que habita en ti”.
Asimismo, el saludo tradicional hawaiano “Aloha”, originalmente significa “Estar en la presencia (Alo) de lo Divino (Ha)”. De nuevo, el saludo es un reconocimiento del ser esencial y divino del otro ser humano.
En occidente, cuando nos encontramos con una persona lo primero que le preguntamos es “¿Qué tal?”. ¡Casi es inevitable! Se ha convertido en una muestra de cortesía imprescindible. Es como si dijésemos: “Antes de nada, emite un juicio sobre tu situación de vida. Bien o mal. Positivo o negativo, éxito o fracaso”. De algún modo, preguntamos por el disfraz mental o emocional que vistes en este momento. Está considerado casi como una falta de educación no hacerlo. Lo que no queda claro es qué es exactamente “una presencia de educación”.

Este ejercicio analítico de la mente sucede por una motivación concreta: el miedo. Como hemos visto en el capítulo inicial, el problema principal es que no sabemos qué somos –tal como indica la filosofía Vedanta-.  ¿Quién soy? es la gran pregunta filosófica de todos los tiempos. Vivimos en la creencia absoluta y errónea de que somos un cuerpo, un punto localizado en el espacio, que alberga unos pensamientos que suceden en el tiempo. 

Nos identificamos con una forma material –un cuerpo- y una forma mental –una personalidad-. Creemos ser algo concreto nada más, una forma. Y nuestros sentidos nos dicen algo con gran claridad: todas las formas mueren y desaparecen. Entonces surge un gran miedo en nosotros. Es el miedo a la muerte que se despliega en toda nuestra experiencia vital.

ImageCuando los sucesos favorecen la supervivencia, la seguridad y la comodidad del cuerpo material y de los disfraces actuales de la mente esquemática, entonces contestamos “¡bien!” a la aparentemente inocente pregunta “¿Qué tal?”.

De este modo vamos juzgando los elementos de nuestra experiencia como buenos o malos. Éxito o fracaso. Aquellas experiencias que favorezcan a nuestro cuerpo o a los objetivos de nuestra mente, aquello llamado mi yo ideal, los llamamos buenos, positivos, éxitos, civilizados, bondadosos, etc. Aquellas circunstancias que pueden poner en peligro nuestro cuerpo o nuestra situación segura y conocida, o bien alguno de los objetivos de nuestra mente, nos parecen malos, negativos, fracasos, salvajes o injustos, etc. Los objetivos de nuestra mente, dicho sea de paso, suelen a menudo coincidir en buscar seguridad y comodidad para nuestro cuerpo, lo cual nunca puede reprochársele, ya que es una útil función. El problema es que parece ser que nuestra mente trabaja en exclusiva para nuestro cuerpo y muy poco a menudo para nuestra alma, ya que esta noción ni siquiera existe en la experiencia habitual de vivir en el miedo. De este modo nunca logra proteger ni siquiera al cuerpo. Más bien suele acabar maltratándolo de un modo u otro. Todo esto podría ser distinto.

Según vamos creciendo y “conociendo” el mundo bajo la sociedad ego que nos condiciona a vivir en el miedo, vamos incorporando poco a poco a nuestro “conocimiento intelectual” los objetos negativos y los objetos positivos. Adquirimos un “discernimiento” propio de la cultura del miedo, algo así como un bagaje suficiente de juicios encadenados que nos permitirá sentirnos seguros en el mundo. Nuestra mente se sentirá muy rápida al tenerlo todo atado y bien atado, todo clasificado en cajitas.

El análisis tiene un nivel de trabajo para la mente que resulta útil, pero este programa no debe utilizarse para todo, ya que no funciona. Por ejemplo, no se puede analizar al Amor. O si quieres llamarlo de un modo más personal, no se puede analizar a Dios. Siempre acabamos analizando a la mente. Del mismo modo sucede con la Libertad o la Verdad. Si intentas analizarlo, vuelves a sorprenderte analizando a la mente. La mente se interpone, o se pone en lugar de Dios, el Amor, la Libertad, etc. En sus procesos intenta suplantar a lo espiritual, como puede. Es propio del programa del ego hacer esto. Pero no puede conseguir lo imposible. Solo puede inventarlo.

La seguridad que promete la cultura del ego nunca llega. Por mucho “discernimiento” basado en el miedo que hayamos cosechado, jamás llegamos a estar seguros mientras nos identifiquemos con las formas.

Decimos “soy profesor, soy marido, soy madre, soy espiritual, soy religioso o soy estupendo” pero todo estos son los modos como los demás nos observan. Son formas que nos creemos, ya que los demás nos hacen la función de “espejo social”. Y con esas formas, a lo largo del tiempo, creamos una historia de mi vida, que efectivamente no es más que eso: una historia.

Nuestra falsa identidad se asienta en una colección de sucesos, los recuerdos de un pasado interpretado. Ese pasado configura mi identidad personal habitual. Sin ese pasado, sin esa historia de mi vida no soy nada. Me he casado, he tenido hijos, he viajado, he estudiado, etc. Estos son los componentes de una identidad basada en recuerdos, pensamientos, interpretaciones personales y miradas al espejo social. Nuestra identidad mental se basa en el pasado. Si sufriésemos una amnesia repentina, no tendríamos ni idea de quienes somos, ya que la estructura mental dominante requiere contenidos de una historia de vida para tener identidad.

Jugamos esta gran obra de teatro cada día junto a nuestros hermanos actores y vamos creando realidad a base de enfocarnos en la polarización conceptual, los grados, las diferencias y las cantidades, y en cualquiera de las formas de separación. Una “mente temor” debe de luchar contra una serie de ideas, conceptos, emociones, experiencias y personas, ya que tiene enemigos localizados y bien conocidos. Sabe que la vida es dura y es lucha, es una mente perfectamente entrenada para juzgar, entendido como el primer ataque mental. También hay una serie de conceptos positivos e ideas maravillosas, aquellas cosas que la mente debe conseguir, aquellas experiencias que hay que tener, aquello que hay que llegar a ser, una serie de amigos conocidos y localizados a quien ayudar y en quien confiar, ya que la vida es dura y hace falta tener aliados en la lucha.

Esta es la mente dual que aceptamos como jefe. Este software nos mantiene presos de lo exterior, consigue que las conciencias se sometan a una prisión fabricada con materia e ideas fragmentadas y polarizadas. Produce una emocionalidad que da saltos de un sitio a otro en una estricta dependencia de lo que ocurra fuera. Es una mente referida al exterior, al objeto, referida a lo que nos sucede, referida a lo que los demás piensan de nosotros. Esta emocionalidad dependiente no permite una felicidad real o permanente.

Cuando vivimos en el miedo constantemente estamos viajando de un polo a otro, viviendo con una emocionalidad salvaje los saltos de polaridad, buscando una nueva emoción salvaje para escapar, sin comprender realmente nada de lo que sucede. Más bien es como si la vida se complicase anárquicamente bajo la ley de la entropía. Son las consecuencias de la base conflictiva que fundamenta este software.

Comentarios (1)add
un invitado: Loby
Muy bueno!
1

09.27.09
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