Publicado en Athanor
¿Eres libre? ¿Hasta qué punto? ¿Cuáles son los indicativos de la verdadera libertad? ¿En verdad somos libres los humanos? El libre albedrío, eternamente discutido e incomprendido, es la quimera del ser humano. Reconocido por la mayor parte de los autores contemporáneos y a la vez negado por la mayor parte de las tradiciones espirituales, el libre albedrío sufre una confusión de niveles cada vez que intentamos comprenderlo. Frente a la libre elección que el mundo conoce y exalta, la libertad auténtica es el objetivo de la autorrealización. Mientras tanto, cada ser humano cree disponer de una parcela de libertad. En ella asienta su dignidad. ¿Qué hay de verdadero en todo esto?

Al examinar el tema de la libertad humana, el investigador contemporáneo suele tomar como referencia los parámetros externos en un primer momento para luego ir acercándose a los indicativos internos: primero capacidad económica, salud, seguridad física, después formación, cultura, seguridad afectiva e integración social para llegar finalmente a la autoconciencia. Es típico de la mirada moderna intentar saber la verdad analizando primeramente los aspectos externos para deducir después los internos. Interpretamos, analizamos, separamos las piezas, estudiamos los componentes en busca de una coherencia total.
Desde el nuevo paradigma, este método asegura todo tipo de errores interpretativos. Lo externo es tan aparente, voluble, inmenso, diverso y subjetivo, que como base de cualquier verdad subyacente resulta tremendamente confuso y tergiversado.
Aquí, sin embargo, me propongo estudiar la libertad de dentro a afuera. Según el nuevo paradigma, toda tu realidad está configurada a partir de tus guiones mentales, de tu programación, de tus creencias. Aquello que llamas “mi conciencia” no es más que una manera de mirar particular a la que en definitiva llamas “yo”. Un diminuto punto de vista anclado a un cuerpo que viaja en el tiempo y el espacio aparentemente inmensos.
Todo lo que cada día experimentas es una pantalla en la que tu mente proyecta simbólicamente los contenidos de tu conciencia. Sentimientos, interpretaciones y experiencias surgen desde tus creencias, a distintos niveles, pero todo surge de ti.
El contenido de tu conciencia está configurado por un sinfín de creencias aceptadas, entrenamientos mentales de toda tu trayectoria, hábitos culturales de interpretación, ideas básicas o verdades fundamentales [como por ejemplo, la gravedad, la evolución de las especies o bien la existencia de un creador de este mundo], interpretaciones de tus sentimientos elevados a la categoría de intuición, sensaciones que emergen incomprensiblemente desde tu subconsciente, parajes que habitan en ti mucho más allá de tu pequeña memoria corporal… todo ello corresponde a tus guiones mentales, programas que están escritos en tu mente a distintos niveles. Algunos de ellos incluso son conscientes. Los llamas hábitos, aprendizajes y conocimientos. Otros son más culturales, modelos o paradigmas. La mayor parte son subconscientes y no tienes la menor noción de su existencia. En resumen, el subconsciente es el que primordialmente se encarga de dotarte de una “realidad” a tu alrededor.
Desde que tienes conciencia de ser un individuo has ido aceptando como propia una configuración mental programada, estructurada y entrenada para responder a la realidad. Un modo de ser, un modelo, una verdad altamente personalizada a la que llamas “lo real”.
Es como si mirases el mundo a través de una sofisticada diapositiva en un proyector. La diapositiva es tu personalidad, la cual es atravesada por un haz de luz totalmente blanca. Tu experiencia es una imagen multidimensional a la que llamas “realidad”, y que ha surgido de filtrar la luz a través de la diapositiva. La verdadera realidad es luz sin formas, tal como era antes de interponer “tu diapositiva”.
Pese a que las psicologías humanista y transpersonal, la programación neurolingüística y el nuevo paradigma, entre otras disciplinas, hayan avanzado tremendamente en la integración de este crucial punto de vista, todo el mundo sigue llamando libertad a estas respuestas programadas que constituyen tu cotidiana “toma de decisiones”.
De este modo, cuando dudas y tras la confusión eliges una de las opciones que formaban tu duda, vives la fantasía de que has sido libre. Elegir en realidad no te libera de la confusión, sino que simplemente te permite experimentar una ilusión de libertad.
Por muy larga que fuera la duda, por muy parecidas que fueran las opciones que tu conciencia de este instante te permite ver, por muy difícil que te haya resultado decidir, todo lo que has elegido ha sido a lo que te ha llevado ineludiblemente tu programación mental, tu personalidad, tu pasado en ti manifestado en este momento. En cada elección, todo te llevó a sentir tu decisión final como la más razonable, lo que “mejor” sentías, lo más correcto, lo que te dictó “tu intuición”… todo lo que en ese instante podía ofrecerte tu modelo mental.
Habitualmente separas entre sucesos y decisiones. En los sucesos no puede elegir, es algo que te viene dado, como por ejemplo un accidente, algo que alguien te hace, el clima o el lugar donde naces. Y en las decisiones es donde vives una cierta sensación de poder, esta aparente libertad de la que he hablado y que sencillamente manifiesta el estado de programación de tu conciencia actual.
No te faltarán ocasiones para culparte debido a esta ilusión de libertad. “No debí haber hecho esto”, “Ahora me arrepiento”, “Me faltó perspectiva”, “si hubiera pensado esto…”. Olvídalo. En realidad nunca pudiste hacer nada distinto de lo que hiciste. Tu libertad era aparente y tu conciencia limitada por tu pasado.
Todo el poder del mundo se basa en esta falsa libertad de elegir. Toda la culpa del mundo, del mismo modo, se fundamenta en esta libertad falsa. La libertad de elegir es la libertad de la dualidad, es la ilusión de que podemos operar de un modo independiente del universo, de que tenemos una parcela de poder en la que estás “solo” pero “libre”.
El mundo entero te dirá una y otra vez que en la libertad de elegir está tu dignidad, tu poder y tu meta. Y si aceptas el modelo de este falso poder y esta falsa libertad, andarás toda tu vida tras la zanahoria de “poder elegir”.
Cuando eliges, tu personalidad se hace real. Mediante el acto de elegir una opción, tu falsa identidad cobra importancia. El mundo alaba tu carácter, tu personalidad. Tus programas cobran sentido aparentemente y tu pasado te ofrece una falsa seguridad que el devenir convierte en frustración antes o después. La falsa libertad del ego es el poder de elegir.
¿Estoy diciendo con esto que no debemos elegir? No, por supuesto. El propósito de este artículo es mirar lo que normalmente no se ve. Disponer de otra mirada, una apertura a una nueva experiencia: ver la libertad de otra manera. No pretendo que te conviertas en un pelele de las circunstancias. Solo te invito a que observes las limitaciones de tus argumentos mentales, la limitación de tu “yo”.
Elegir seguirá siendo necesario incluso cuando descubras que en realidad no eliges nada en absoluto, sino que tan solo manifiestas o declaras el estado actual de tu programación. Elegir seguirá siendo el acto cotidiano de lidiar con lo dual. Y dentro del ámbito de la dualidad, elegir se hará aparentemente necesario en cada instante. No obstante, si te das cuenta de que en realidad la conciencia te brinda un escenario de falsa libertad, podrás dejar de culparte de una vez por todas.
En este punto es muy posible que algo en ti se rebele. Hasta ahora, todo tu poder y toda tu conquista consiste en elegir, elegir adecuadamente es la base de tu éxito. Y aquellos a los que culpas son los que habían elegido mal. Y yo vengo a decirte que una vez que estás afincado en un estado mental determinado, toda decisión en realidad es un suceso más, efecto de tu conciencia.
Nisargadatta, el maestro advaita hindú, asegura que jamás toma ninguna elección. Se ha dado cuenta de lo que él es realmente, y según explica, las decisiones “son tomadas” sin que él interfiera para nada. Las soluciones a los aparentes problemas llegan solas y él permanece en paz observando expectante el vaivén de los sucesos del sueño.
Esta experiencia es la que anhela tu alma, una experiencia de unidad en la que cualquier elección que tu “yo” aparente tomase por su cuenta, con la única referencia de su pasado y toda la historia que él cree ser, tan solo sería un estridente tono desafinado en la conciencia total, un acto mental de separación. Y además de ser una nota desatinada, ni siquiera es real. Todas las decisiones basadas en la historia personal, en tu personalidad, en tu falso “yo”, en realidad corresponden al guión del ego colectivo, aunque tú creas que son tus propias y sagradas decisiones.
Cuando una ramita de un árbol es movida por el viento, todo el universo entero ha participado de ese fenómeno. Como no podía ser de otro modo, igual sucede cuando tú crees tomar una decisión y cuando, inconsciente de tu profunda unidad con el universo, crees que existía alguna posibilidad de que algo fuera de otro modo a como simplemente fue.
Cuando Jesús decía “sin mi padre yo no soy nada” también comparaba la ilusión de libertad con la libertad verdadera. Pese a que vivir en el sueño de la dualidad te obliga a tomar decisiones constantemente, la libertad verdadera no tiene nada que ver con las decisiones cotidianas que crees tomar. La libertad verdadera consiste en liberarse de las ilusiones.
Liberarse de las ilusiones implica no tener grandes necesidades, ni grandes exigencias, en definitiva, no tener un gran “yo” al que defender constantemente con tus elecciones. Liberarse de las ilusiones implica no necesitar aumentar tu cuota de poder para elegir más ni para disponer de más caprichos que decoren tu personalidad. Es el camino de la aceptación.
Liberarse de las ilusiones significa dejar de identificarme constantemente con un cuerpo y con una historia personal. ¡Esto es Libertad! Libertad es dejar atrás la prisión del temor a no ser nada, a ser pequeño, a ser vulnerable, a la muerte, a ser menos.
Liberarse de las ilusiones significa darme cuenta de que en realidad, no sé nada. Todo lo que consideraba conocimientos son tan solo prejuicios, programaciones mentales derivadas de lo que otros dicen, de lo que es aparente, de lo que mis sentidos mienten. Interpretaciones de experiencias acumuladas por una conciencia confusa y temerosa. Cuando profundamente me doy cuenta de que no sé nada, un gran peso cae, una gran losa se abandona, y en un instante mágico, te encuentras abriendo tu mente a la Inteligencia del Amor.
Cuando sientes en tu fondo que no sabes, comprendes que lo que crees saber es una pantomima de sabiduría derivada de una conciencia atada a un cuerpo y condicionada por el tiempo y el espacio. Entonces tu mente se abre a una inteligencia superior. Y comienzas a aprender verdaderamente. Aprendes de los ojos que presencias, de la vida, del silencio y del Amor sin condiciones.
¿Cómo puede amar incondicionalmente una mente condicionada?
Una pregunta íntima te hace cada día la Vida: ¿Vas conmigo o vas por tu cuenta? Esta es la verdadera libertad que se te concedió eternamente, y esta es la única pregunta que constantemente respondes.
Cada vez que decides por tu cuenta –eliges según tu conocimiento personal, interpretado, programado, heredado de los sentidos, la cultura y tu pasado- en un asunto vital, relacionado con lo que para ti es la verdad o con tus relaciones humanas, estableces una barrera que te separa de la vida.
Si realmente deseas conocer la verdad y si de verdad quieres conocer lo que son las relaciones humanas en profunda comunión, antes tendrás que renunciar a la libertad dual y aparente de la inconsciencia cuya única función es proporcionarle valor al “yo”.
Aprender a desaprender es el verdadero arte de la autorrealización.
En cada instante en el que mentalmente dejas a un lado tu “yo”, la elección sucederá simplemente como un fenómeno más del universo que tú contemplas, sin oposición, exigencia ni frustración. En ese instante serás uno con lo que la Vida quiere.
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