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Los paradigmas son un conjunto de conocimientos y creencias que forman una visión del mundo (cosmovisión), en torno a una teoría hegemónica en determinado periodo histórico. Cuentan con el consenso total de la comunidad científica que los representa, y resultan tan evidentes e integrados para las personas que su funcionamiento puede considerarse casi inconsciente.
Cada paradigma se instaura tras una revolución científica que aporta respuestas a los enigmas que no podían resolverse en el paradigma anterior. La explicación sobre los cambios de paradigma que van sucediéndose nos la dio el filósofo Thomas S. Khun, que se ocupó principalmente del estudio de la ciencia y sus modos de obtener conocimiento.
Un paradigma pues, es un modelo de pensamiento desde el cual entendemos la realidad, damos explicación a los sucesos y nos definimos como seres humanos.
Desde Descartes [“Pienso luego existo”] y posteriormente con la consideración de la psicología como ciencia, nos hemos ido identificando con algo más que un cuerpo material, una parte de nosotros que no es palpable y difícilmente comprobable con criterios tradicionalmente científicos: la mente.
El pensamiento está reconocido, aunque no se pueda ver, todos pensamos. Es una experiencia subjetiva pero compartida. Incluso últimamente, con los trabajos de Goleman sobre Inteligencia Emocional, se acepta que hay una importante parte de nuestra mente que tiene un carácter emocional y resulta fundamental para nuestra vida. La psicología nos enseña que la emoción y la mente no es algo separado, y que las emociones no son obstáculos o estorbos del limpio raciocinio, sino verdaderas herramientas de experimentación cuyo impacto en el individuo es definitivo en su desarrollo personal.
Posteriormente, la psicología transpersonal da un paso más allá y considera otra zona de nuestro ser aún más alejada de la consideración científica: la conciencia, el alma, el espíritu o la “presencia”, una parte de nosotros que trasciende la existencia física, el pensamiento y la emoción.
El alma ha sido tradicionalmente un tema ignorado por la ciencia, que prefiere relegarnos a una definición de nosotros en términos observables y repetibles. Lo observable y repetible tiene poco que ver con lo espiritual y con lo humano, que solo se experimenta por uno mismo, de maneras inobservables, irrepetibles, a veces sutiles y a veces milagrosas, y lo peor de todo: de un modo inexplicable. La mente no alcanza a la experiencia espiritual. Es como si hubiera un abismo dimensional entre ambas.
Actualmente observamos cómo el paradigma dominante se va alineando con los nuevos descubrimientos en la psicología (PNL, psicología humanista y transpersonal, psiconeuroinmunología, etc.), la física (efectos cuánticos, campos de energía punto cero, cerebro holográfico, etc.), astrofísica, y biología (campos mórficos, biología de la creencia) para empezar a reconocer que somos también algo más grande que nuestros pensamientos y emociones. Según integra la ciencia estos nuevos pensamientos que aceleran nuestra comprensión del mundo, oiremos hablar, además de la mente racional y emocional, de la mente intuitiva: una zona de la mente aún no descrita científicamente, relacionada con la glándula pineal, que nos conecta con el universo, con nuestro propósito y con nuestro potencial, los objetivos más profundos que condicionan nuestra autorrealización mas allá de las necesidades de supervivencia y seguridad, en términos de Maslow. Al hablar de autorrealización, en realidad hablamos de espiritualidad.
Estamos en las puertas de un suceso histórico: el encuentro entre espiritualidad y ciencia. Este movimiento integrativo y holístico nos dice que todos estamos correlacionados, ya que pertenecemos a sistemas inteligentes y superiores en los que interactuamos y que hasta la última partícula existente es un patrón de inteligencia en el proceso de desarrollar su potencial. Se llama Nuevo Paradigma y está inspirando a un sinfín de personas de todo el mundo a abrirse a nuevas comprensiones y renunciar a esquemas y viejas creencias limitantes. Es el encuentro de oriente y occidente, lo viejo y lo nuevo, lo femenino y lo masculino, lo científico y lo espiritual. Lo que era posible e imposible, al mismo tiempo.
Aunque se llame “nuevo paradigma” encaja perfectamente con la más antigua y perenne sabiduría del ser humano: las bases del chamanismo, las escrituras Vedantas, con el Zen y con la Kábbalah, con las más auténticas profundidades del esoterismo tradicional, con los alquimistas egipcios y con el Ayurveda.
Las bases de todos estos conocimientos antiguos y contemporáneos se recogen en la llamada “filosofía perenne”. Esta definición en su forma actual - la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y, en particular, tras las corrientes místicas dentro de ellas- la acuño por primera vez el filósofo alemán Leibniz en el siglo XVII. Más tarde, supo recopilarla excelentemente Aldous Huxley en 1945. Hoy en día es explorada por importantes filósofos modernos como Ken Wilber, y en general, es una de los pilares de la psicología transpersonal. En realidad, todos estos conocimientos del llamado “Nuevo Paradigma” han estado siempre con nosotros, codificados en antiguas escrituras, guardados por sociedades secretas y escuelas de misterios, alejados y protegidos de la ignorancia.
Vemos poco a poco cómo la ciencia es representada cada vez más a menudo por mentes inquietas y abiertas a indagar en lo no demostrable, y por otro lado, veremos cómo recogemos nuestro legado de sabiduría milenaria y lo despojamos de los oscuros fantasmas de la superstición y afán de control.
Sin embargo, a nivel social el cambio de mentalidad aún está latente. En nuestro interior, nuestro modo de pensar y sobre todo de sentir, por la educación recibida y la influencia del entorno cultural en el cual vivimos y del cual estamos inevitablemente impregnados, lo que cada día manifestamos es una autopercepción basada en nuestro cuerpo, en la piel, la carne y los huesos. Aún nos tratamos a menudo como objetos, seres materiales, y así tratamos a otras personas. Es lo que Stephen Covey, el gurú de las relaciones humanas en las empresas y de la efectividad basada en la confianza, llama “cosificación de las personas”.
La separatidad, de la que hablaba el magnífico Eric Fromm en su Arte de Amar, ha determinado la sociedad actual. El vacío que hemos dejado entre nosotros, cada cual con su piel-frontera, inunda nuestro corazón de soledad y reclama un cambio. La base del cambio en nuestras relaciones, en nuestra percepción y comprensión del mundo, se llama Nuevo Paradigma, y es un buen punto de partida para comenzar un nuevo modo de definir al ser humano, su sociedad, su organización, su política y su trascendencia.
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